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Columna de Opinión: Niños Diferentes. Magdalena Merbilháa

Estando de vacaciones es bueno mirar nuestro sistema educativo como un todo y dar luces del porqué de la crisis del mismo. Se trata de un sistema que discrimina a las mayorías y no acepta las diferencias. Hay un molde establecido en el cual todos deben encajar, y si no lo hacen, son calificados como “no aptos”. El sistema escolar y el currículum como tal, aunque con algunas variaciones, fueron concebidos a fines del siglo XIX para responder a una sociedad industrial. Hoy, el mundo ha cambiado mucho, pero el sistema no. En su concepción está la creencia darwinista social de que hay personas aptas y otras que no lo son, y es el sistema el que a modo de “selección natural” determina quiénes sirven para “lo académico” y quiénes no.
Es cierto que en miras de la igualdad de oportunidades, el Ministerio llama a incluir a los niños con necesidades de aprendizaje especiales. Esto genera dos realidades: la de la supuesta integración en el sistema de niños con trastornos mayores, y la de las llamadas adaptaciones curriculares, que son los niños marginados. Estos últimos no tienen dificultades de aprendizaje per se , sino que ritmos de aprendizaje diferentes. Muchos colegios ajustan currículum y metodologías para lograr mejores resultados, pero se los mide con las mismas herramientas que al resto: Simce y PSU. Todo niño autovalente está obligado a dar las mediciones estándares y es aquí donde se genera el gran problema discriminatorio. Estos niños suelen obtener bajos resultados porque no tienen el mismo currículo y sus ritmos de aprendizaje son diferentes. Pero el sistema no acepta diferencias. Los colegios se centran en los resultados de estas pruebas, ya que la opinión pública cree que son muestras objetivas de calidad. Los colegios no quieren perder puntaje. ¿Qué pasa con estos niños “no aptos”? La gran pregunta es si realmente no son aptos o ello es una falacia del sistema.
Este es un punto esencial que exige el análisis del sistema escolar como un todo. El currículum y los planes nacionales se enfocan fuertemente en las habilidades lógico-matemáticas, como si éstas fuesen “la inteligencia”. La verdad es que la inteligencia es bastante más compleja y dinámica que esta visión lineal restringida. Esto explica cómo 800 puntos en la PSU no son garantía de éxito y 500 puntos no implica fracaso. Hay otras habilidades tanto o más cotizadas que “lo académico” que el sistema no considera, pero el mundo real sí. Las llamadas habilidades blandas en las que muchas veces los calificados de “no aptos” son extraordinarios. Queremos una sociedad inclusiva que acepte las diferencias. No podemos aceptar que las capacidades de muchos niños sean ignoradas y frustradas. Los sistemas deben ser hechos para las personas y no las personas para los sistemas.

Magdalena Merbilháa
Publicado en El Mercurio, 28 de enero 2013

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