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Columna: RELACIONES INTERNACIONALES: IDIOMAS DIFERENTES.

Desde un tiempo a esta parte, las relaciones internacionales en la América del Sur se han visto afectada por el desconocimiento de acuerdos y convenciones existentes entre los Estados en su papel de ser instrumentos solemnes que las regulan. Queda la impresión de que, a raíz de una mala entendida interpretación de los alcances de la globalización, ésta incluye plantearse un nuevo sistema de relaciones en donde el orden interno se impone por sobre los acuerdos y compromisos oficiales suscritos por los Estados. Se estaría enfrentando dos visiones en pugna, una que postula que los acuerdos firmados soberanamente son obligatorios y perduran en el tiempo, dando paso así al sustento del entramado internacional que da estabilidad a las relaciones y la otra, en que los acuerdos son válidos sólo en la medida en que su cumplimiento no afecte a la política interna sustentada por el Presidente de ese Estado.

Sin duda que estamos en presencia de una enfermedad política de mucha gravedad que estaría señalando que los acuerdos son despreciables en la medida que ellos dan poder y prestigio a ese Presidente. Esta situación es un ataque directo a la estabilidad de imagen y a la credibilidad de ese Estado y es la mejor forma para que las inversiones y los medios humanos necesarios para impulsar el desarrollo de esos países, no se queden y se establezcan a firme en esos territorios. Casi sin notarse, el riesgo país comienza a incorporar esta realidad la que se refleja en índices tan sensibles como los créditos, seguros y recomendaciones para advertir a los inversionistas de una inseguridad que se manifestaría en que las reglas del juego podrían ser cambiadas sin respetar lo acordado por la autoridad. Estamos enfrentando una comunicación en dos idiomas jurídicos completamente diferentes y que no permite que se produzca entendimiento. Cuando esto ocurre, la posibilidad del conflicto está abierta y se hace más probable.
En los últimos años nuestras relaciones con los vecinos han estado teñidas por esta enfermedad política. Podría creerse que la envidia igualitaria, que caracteriza a los hispanos en el pensamiento de Fernández de la Mora, ha estado operando en la práctica en el Cono Sur. Porque cuando se crean conflictos por la sola razón de crearlos, no habría otra explicación que esta. Chile es una excepción en el barrio sudamericano y queda la impresión de que es mirado con envidia por el resto de manera que todo lo que sea crear dificultades para desviarlo de sus tareas principales, es un propósito válido para tratar de disminuirlo frente al resto de la comunidad internacional. Veamos el asunto del gas con Argentina. Y si recordamos la ofensiva de Bolivia para cuestionar el Tratado de 1904 en ella se trató de crear la imagen de un Chile agresor, que desconocía las necesidades del más débil. Y su campaña sensibilizó a la opinión pública mundial. En este sentido, el Perú tiene un campo abonado en su accionar ya que puede aprovecharse de la imagen ya creada por el conflicto inventado por Bolivia. La razón es muy simple, Perú cuestiona un límite terrestre acordado por el Tratado de 1929 y cuestiona un límite marítimo acordado por los acuerdos de 1952 y de 1954, refrendados a su vez por las Actas de 1967 y 1968, acuerdos todos que están plenamente válidos y como tal tratados internacionales vigentes y con una enorme cantidad de efectos jurídicos, administrativos, comerciales políticos y militares que se han derivado de ellos. El accionar peruano, cualquiera sean las razones internas que se esgriman para justificarlo, es liza y llanamente un acto que vulnera al sistema jurídico internacional y es un acto ofensivo para Chile. Hay que entender que son dos tratados los que se cuestionan y en ello hay como un regreso a la época de las cavernas en el derecho internacional. Sin duda que Francisco de Vitoria los habría colocado como ejemplos de cómo hay que impulsar una moral de Estado para que el respeto entre las naciones cristianas sea una norma de convivencia. Las relaciones entre ambos países ya no pueden ser iguales, se han abierto desconfianzas que serán muy difíciles de recuperar, alejando los entusiasmos para desarrollar una cooperación y apoyo mutuos. Y esto porque los lenguajes y la comprensión de lo que significan los compromisos válidamente acordados, son diferentes. ¿Habrá espacio aún para el honor de las Naciones?.
Jorge Martínez Busch.
Director del Instituto de Estudios del Pacífico.
Universidad Gabriela Mistral.

Esta columna fue publicada el 3 de noviembre en el Diario Financiero.

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