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La Historia de Paula Llanos Becerra: MAGALLANES EN EL EVEREST

En “La Prensa Austral de Magallanes” se destaca la escalada de una ex alumna UGM al EVEREST. A continuación el artículo:

La Historia de Paula Llanos Becerra: MAGALLANES EN EL EVEREST
– La bandera auriazul reposa junto al pabellón patrio en la montaña más alta del planeta. La dejó una magallánica que escaló en solitario hasta el campamento base a mediados de mayo.

Por Erwin Acevedo

Paula Llanos Becerra dejó Magallanes en 1991 para estudiar periodismo en la Universidad Gabriela Mistral de Santiago. Atrás quedaban los años en el Colegio María Auxiliadora de Punta Arenas, la Patagonia y la Tierra del Fuego, confín del mundo que recorrería después una y otra vez, en lo que sería, tal vez sin querer, su mejor entrenamiento para el viaje más importante de su vida.
Tres años se preparó para llegar al monte más alto del planeta: el Everest. Su meta no era hacer cumbre, lo sabía. El límite para un trekkero es el campamento base, a 5.340 metros sobre el nivel del mar. Y hasta allí llegó, sólo con el apoyo de su sherpa.
Había aterrizado el 7 de mayo en el aeropuerto de Katmandú, capital de Nepal. Contactó a quien sería su guía por los siguientes 13 días y emprendió la aventura. Se había preparado bien: Mucho nado, caminata, trote por el Parque Forestal de Santiago, trekking en la Patagonia, Tierra del Fuego, el Cañón del Colorado, El Camino del Inca, pero nunca una alta montaña. “Nada, nunca, ni siquiera el Aconcagua”, explica.
“Quería conocer la gente que vive allá, comer lo que ellos comían, sentir el misticismo que tiene esa área, el respeto que se tiene por la montaña, algo que es difícil decir en palabras”. Fue esa cosmovisión, el respeto por el otro, lo que más la conmovió mientras recorría esa tierra lejana. “Nunca vi un maltrato, una mala palabra entre dos, eso que es impracticable en nuestra sociedad, allá es común, como que nacen con ese chip”. Porque a pesar de ser uno de los países más pobres del mundo “esa gente no necesitaba nada más, estaban tranquilos como están, con un profundo respeto por sus raíces, por sus costumbres y por las personas mayores”.
La idea del viaje surgió en 2003, cuando se conmemoraron los cincuenta años de la primera ascensión al Everest. Paula compró el último número de The National Geographic y en la revista leyó “historias súper cercanas de lo que es vivir en ese lugar; me llamó la atención la gente, los sherpas, el mal de altitud, entonces dije, ‘por qué no experimentar eso que siente una persona normal en esas condiciones’, y comencé a prepararme”.
Demoró tres años en decidirse. Tiempo suficiente para reunir dinero y buenos consejos de destacados montañistas como Eugenio “Kiko” Guzmán y Rodrigo Jordán, con quienes se reencontraría más tarde en el campamento base del Everest. “Cuando llegué arriba estaba Rodrigo Jordán con “Kiko” Guzmán; me agarraron y me dijeron, ‘te das cuenta, llegaste sola… Es que es muy distinto subir sola que cuando vas en un grupo”, dice, remarcando la diferencia. “Si me canso me dicen ‘ya negrita, vamos’, pero cuando vas sola uno se da ánimo y uno es responsable de las decisiones que toma”.

“QUE FRAGIL SOMOS”

Son experiencias límite que no se olvidan con facilidad. Como aquella de sobrepasar los 4.000 metros de altitud y encontrarse con restos de otras expediciones y con una suerte de valle de altares de piedra o “Puja”, donde se recuerda a los caídos en el Everest. No son los grandes montañistas, sino los trekkeros a los que la montaña no les permitió regresar. “Allí me senté a pensar y me dije ‘qué frágil somos’, que parte chica somos de todo esto, de repente una anda ‘pateando la perra’ por cosas tan pequeñas”.
“La montaña te lleva a conocer tus propios límites, a probarte, a ser súper leal, a escucharte física y mentalmente”, precisa. “Por ejemplo, yo decía ‘cuántas veces al día en Santiago pienso en mi codo’, nunca, pero cuando estás en situaciones límite y tu codo está bien y te permite llegar más lejos, pucha que lo valoras”.
Es que arriba, la montaña es la que manda y se la respeta. “Es ella la que te permite llegar más arriba” y por eso se le deja ofrendas en las “puja”. Paula cumplió con el rito y dejó cerveza y arroz, pero dejó también la bandera de Magallanes junto al pabellón nacional.
Hoy se siente mejor persona y recomienda la experiencia como una instancia de crecimiento y superación personal, claro que llama a ser prudente. “Yo diría que la gente lo hiciera, pero responsablemente, no es una experiencia para un lolito, o un quinceañero, hay que hacerlo responsablemente, debes conocerte bien y estar muy consciente de tus capacidades, porque no es un chiste, no es una broma, son 5 mil 340 metros de altitud, está por sobre el Mont Blanc, con cincuenta por ciento de oxígeno…”.
De regreso en Chile, siente que es bueno acercar la montaña a la gente, al ciudadano común, y por sobre todo a los jóvenes y estudiantes. “A los chilenos allá los tienen como dioses de la montaña y de repente nosotros no nos damos cuenta”.
La idea es exponer sobre su viaje y exhibir el centenar de fotografías que trajo de los Himalayas en un lugar abierto al público, al que puedan asistir de manera gratuita todos quienes se sientan atraídos por la majestuosidad de la montaña. Pronto estará en Magallanes y espera la colaboración de algún ente público o privado local para concretar este proyecto.

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