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Nadie está sobre la ley

Por: José Manuel Cerda C. – Vicerrector Académico UGM
Diario La Tercera
Lunes 8 de junio de 2015

josemanuel-cerdaUn 15 DE junio, hace 800 años, un grupo de nobles en Inglaterra forzaron al rey Juan Sin Tierra a hacer inéditas concesiones en un documento que hoy se conoce como la Carta Magna. El escrito pactado en una isla del Támesis, entre Londres y Windsor, reconoció los derechos y privilegios que este infame monarca había violado en el transcurso de su breve y turbulento reinado. Para los actores de 1215, el documento fue ante todo un tratado de paz, pero la Carta Magna se convertiría en uno de los textos más citados y célebres en la historia, y en un referente ineludible para las declaraciones modernas de derechos fundamentales. Sus cláusulas fueron invocadas en la Gloriosa Revolución de Oliver Cromwell y en la Constitución de Estados Unidos, y ha inspirado a líderes mundiales como Ghandi, Churchill y Mandela. Tal es la euforia que ha provocado, que un manuscrito de 1297 fue vendido por más de 21 millones de dólares en una reciente subasta, el precio más alto que se ha pagado por un documento de la Edad Media.

No obstante, la Carta Magna ha sido muy aludida hasta nuestros días, aunque muchos se refieren a ella sin haberla leído y menos todavía se ha logrado un consenso con respecto a su significado. Sus cláusulas establecen que ciertos impuestos sólo podrán aplicarse con el consentimiento general del reino y que los oficiales del rey que han cometido abusos serán penalizados. También se establece que a nadie se le negará el derecho a la justicia y se garantiza el debido proceso. Esta trascendental proclamación de la soberanía de la ley por sobre la voluntad del gobernante, o rule of law, es la raíz de la tradición constitucional inglesa. Para vigilar el cumplimiento de lo prometido se creó un consejo de veinticinco nobles elegidos por la comunidad política del reino; un grupo autorizado y empoderado para ajusticiar al monarca. Estas disposiciones apoyaron el desarrollo del parlamentarismo en Inglaterra y el de las monarquías constitucionales en Europa, con dinastías que deben hasta hoy regirse por la ley y el consenso de la clase dirigente.

Al leer este antiguo acuerdo, nuestros pensamientos se dirigen a la coyuntura nacional e internacional. Baste considerar la discusión instalada en torno a una asamblea constituyente como vehículo de reforma constitucional y la situación de naciones flageladas por gobernantes y legisladores que se alzan por sobre la ley e imponen la ideología, la corrupción o la arbitrariedad; o en naciones donde no hay estado de derecho.

En nuestro país, el reciente desprestigio que ha afectado a la clase dirigente, la desconfianza en el funcionamiento y autonomía de las instituciones, la creciente frustración nacional con el devenir de las reformas y el cuestionamiento generalizado a la conducción política del país, invitan a considerar los hechos del pasado que han forjado nuestras sociedades, mentalidades y culturas. Esta carta escrita hace ocho siglos nos advierte que debemos anteponer el bien común, el estado de derecho y la integridad de las personas a nuestros intereses particulares y a la desatada ambición por el poder y el dinero que en la historia de la humanidad ha sembrado tanto odio, intolerancia y violencia.

 

Noticia – Ideas y Debates – publicada en diario La Tercera.
08 de junio 2015
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