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PRESENTACION DEL LIBRO DEL CARDENAL SODANO “LA LEVADURA DEL EVANGELIO”

La persona del Eminentísimo Cardenal Angelo Sodano es muy conocida y apreciada entre nosotros.  Dos veces estuvo en Chile al servicio de la Representación Pontificia, primero como Secretario de la Nunciatura Apostólica y, enseguida, durante casi un decenio, como Nuncio Apostólico. Para los que tuvimos  la ocasión de tratarlo de cerca durante los años en que se desempeñó como Nuncio, sucediendo al inolvidable Monseñor Sotero Sanz de Villalba, el Nuncio Angelo Sodano nos dejó una grata y profunda  impresión de laboriosidad, de prudencia, de discreción, de serenidad, de ponderación de juicio, de valoración de las personas y de espíritu justiciero y desapasionado.

Así es que rememorar a grandes rasgos su “curriculum vitae” es tan solo poner de relieve algunas etapas de su vida, enteramente dedicada al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice.

Angelo Sodano nació en Asti, en el Piamonte septentrional, el 23 de noviembre de 1927, y ha conservado siempre el amor a sus raíces.

El regionalismo europeo tiene sus orígenes en su pasado histórico caracterizado por las autonomías feudales entrelazadas con diversidades étnicas, mientras que nosotros somos tributarios del centralismo borbónico, característico de Francia y España bajo los monarcas de esa dinastía.

Luego de sus estudios en el Seminario Diocesano de Asti, como preparación al ministerio sacerdotal, Angelo Sodano continuó su formación académica en las Universidades Pontificias Eclesiásticas Gregoriana y Lateranense, obteniendo los doctorados en Teología y en Derecho Canónico.  Recibió la Ordenación Sacerdotal el 23 de septiembre de 1950 y fue asignado al seminario de su diócesis como formador y profesor de Teología Dogmática, y simultáneamente, como Asesor  de la Federación de Universitarios Católicos.  En 1961 fue llamado al servicio de la Santa Sede y desempeñó el cargo de Secretario de las Nunciaturas, en Ecuador, en Uruguay y en Chile.

Posteriormente, regresó a Roma y trabajó en la Secretaría de Estado, en el Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia, es decir en el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Santa Sede, entre los años 1968 y 1978, año en el que el Santo Padre lo nombró Nuncio Apostólico en nuestro País, confiriéndole al mismo tiempo la calidad de Arzobispo.  Su misión en Chile se prolongó por casi diez años, entre 1978 y 1988, y durante ella le cupo importantes responsabilidades, tanto en el proceso de mediación del Papa Juan Pablo II entre Chile y Argentina para solucionar el problema limítrofe austral, así como en la preparación y realización de la Visita Pastoral del recordado Pontífice, de santa memoria, a nuestro País, en 1987.  Al año siguiente el siervo de Dios Juan Pablo II lo llamó nuevamente a Roma, para ocupar el cargo de Secretario del Consejo para los Asuntos Públicos de la Iglesia.  Tres años después el mismo Papa lo creó Cardenal y lo nombró Secretario de Estado, cargo que desempeñó durante quince años, hasta septiembre de 2006.  Actualmente es Decano del Colegio Cardenalicio y es aún miembro de varias Congregaciones o Ministerios de la Curia Romana.

Cuarenta y cinco años de la ya larga vida sacerdotal del Cardenal Sodano, han transcurrido en el servicio diplomático de la Santa Sede. Conviene aquí hacer una disgresión acerca de este aspecto de  la vida de la Iglesia que algunas personas pueden juzgar poco conforme con su naturaleza e incluso ajena a su misión.  Pero si se reflexiona en las palabras de Jesús, en el discurso de la Ultima Cena, cuando El, orando al Padre y refiriéndose a sus Apóstoles, dice: “Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo  …  y el mundo los aborreció, porque no eran del mundo, como Yo no soy del mundo.  No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal …  Como Tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo” (ver Jn.17,11.14.15.18.), comprenderemos la complejidad de la relación entre el Evangelio y el mundo.   Un mundo marcado, por una parte, por la influencia del Maligno, llamado por Jesús, “Príncipe de este mundo” (ver Juan 12,31; 14,30); un mundo de quien el apóstol San Juan llega a decir que “yace en el Maligno” (I Jn. 5,19), pero que es obra de la creación de Dios y morada de los hombres, capaz de recibir la levadura del Evangelio, a través de la fe en Cristo Salvador y de la conversión.

En un sentido el “mundo” lleva la triste y desquiciadora impronta del pecado, y en otro sentido ese “mundo” es el destinatario de la “buena nueva” de la salvación que sólo puede venir del Señor Jesucristo, Redentor y Salvador del hombre. Esto explica por qué los discípulos de Cristo no pueden, por una parte, identificarse con el “mundo” en cuanto éste se rige por principios y normas ajenos al Evangelio, que lo contradicen y son inconciliables con él, y, por otra parte, creemos que la fuerza salvadora de Jesús es poderosa al punto de poder hacer “de las mismas piedras, hijos de Abraham” (ver. Mt. .3, 9 ). Al servicio de ese poder salvador está la Iglesia entera y en ella el Señor nos llama a todos a ser cooperadores humildes, a la vez que celosos.

Así se comprende cómo, a lo largo de los siglos de la historia, la Iglesia ha empleado todos los medios a su alcance para realizar su misión, la misión que Cristo mismo le confió, y que se cumple en medio de circunstancias y estructuras muy diversas, a veces más favorables y otras veces adversas, hasta la misma persecución sangrienta.  En medio de los avatares de la historia, los hijos de la Iglesia caminamos  con la plena confianza de que el triunfo pertenece en definitiva a Dios, pero teniendo presente y  haciéndonos cargo de la recomendación de Jesús, de actuar con la prudencia de las serpientes y la simplicidad de las palomas ( ver Mt. 10,16 ).

El Concilio Vaticano II ilustró  ampliamente la compleja relación entre la Iglesia y el mundo en la primera parte de su Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”, cuyo tema es, precisamente, la situación de la Iglesia en el mundo contemporáneo.  Es allí, en el n. 42, donde declara que “La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social.  El fin que le asignó es de orden religioso.  Pero, precisamente de esta misma misión religiosa, derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina”.  La Iglesia reconoce la justa autonomía del orden temporal, pero esa autonomía, para ser verdaderamente “justa” debe respetar la ley de Dios y el derecho natural, pues de lo contrario, so capa de autonomía, se puede llegar a una odiosa tiranía.

Lo dicho hasta aquí ilustra, me parece, la justificación de la acción de las Representaciones Pontificias, en su doble vertiente de vínculo de las Iglesias Particulares con su Cabeza que es el Obispo de Roma, y de relación del Romano Pontífice con los Estados y sus personeros. En ninguno de los dos campos se trata del ejercicio de una ambición de poder o de dominación, sino de un servicio leal y apasionado en favor de la verdad, que según Jesucristo es lo único que conduce a la auténtica libertad (ver Jn. 8, 32 ).  Un servicio que, para ser leal, tendrá que expresar en forma oportuna su preocupación e incluso su rechazo, ante conductas o decisiones que amagan el bien común.

Así se comprende que la acción de las Representaciones Pontificias y de los organismo de la Curia Romana merece con toda justicia el calificativo de “pastoral”, porque nada hay en la Iglesia que sea verdaderamente coherente con su naturaleza, que no apunte en forma mediata o inmediata a la consecución de la finalidad última del hombre, de cada hombre y de todos los hombres.  Dice, en efecto, el Concilio Vaticano II: “Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre es, en realidad, una sola, es decir, la divina” ( ver “Gaudium et Spes”, n. 22 ).

Quien está al servicio de las Representaciones Pontificias, es un cristiano y un sacerdote que, si bien se mueve en estructuras humanas, sabe que la meta de su acción es el Reino de Dios y jamás ventajas, ambiciones o triquiñuelas puramente humanas, indignas incluso de quienes ejercitan un servicio en el ámbito de la diplomacia política.

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El volumen que estoy presentando y que lleva como título “La levadura del Evangelio”, cuyo autor es el Eminentísimo Señor Cardenal Angelo Sodano, es una demostración de lo que he querido esbozar como la naturaleza propia de la diplomacia de la Santa Sede.  Es, sin pretenderlo, un comentario vívido y concreto de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, especialmente en su Constitución  Pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy, así como de numerosas enseñanzas de los Papas que se sitúan en esta vasta temática.

Este tomo editado en castellano por la Universidad Gabriela Mistral, recoge doce discursos del autor, todos ellos relacionados con la actividad diplomática de la Santa Sede, y constituyen una unidad de pensamiento que se lee con provecho y agrado.

El primer discurso, pronunciado en 1977, tiene como tema “la presencia de la Santa Sede en la vida internacional”.  Junto con las valiosas informaciones que contiene, es interesante el n° 3, en que el autor se detiene sobre el misterio del mal y resulta  convincente su visión pastoral de los organismos de la Curia Romana: la Iglesia, afirma, “existe para evangelizar, existe para santificar”.

El segundo discurso, o capítulo, se denomina “La Santa Sede en la comunidad Internacional”, y fue pronunciado en Varsovia el año 2003, cuando el autor recibió el doctorado  “Honoris causa” en la Universidad Stefan Wyszynski.  Es un texto muy interesante que presenta un resumen histórico acerca de las Representaciones Pontificias y sobre los acuerdos de la Santa Sede con los Estados.  Hay aquí una especial mención  de la mediación del Santo Padre en el diferendo austral.

El tercer capítulo se titula “¿Hacia cual civilización?”, y es un discurso  pronunciado en el Círculo de Roma en el año 2004.  El autor afirma que “ha habido, y todavía hay, fuertes tentaciones de borrar el nombre de Cristo de la civilización y de la historia, de la vida familiar, civil y religiosa de la humanidad,  de las expectativas y del destino final del hombre”, severa advertencia  que retoma una de las preocupaciones más hondas del Siervo de Dios Juan Pablo II. No podemos decir que nuestra Patria está inmune a ese virus.  El texto desemboca en la esperanza en una “civilización del amor”, recordando la insistencia del difunto Papa, aclarando la necesidad del perdón y de la misericordia para resolver los problemas entre los pueblos y la urgencia de superar la lógica de la justicia para abrirse a la lógica del perdón.

El cuarto texto tiene como título “El martirio de la paciencia”,  y corresponde a una cálida conmemoración  del predecesor del Cardenal Sodano en el cargo de Secretario de Estado, pronunciado en la Diócesis de Piacenza el año 2003.  Las palabras del autor testimonian su profunda admiración por el difunto Cardenal Agostino Casaroli, y destaca sus cualidades humanas y su paciente constancia para lograr soluciones aceptables.  Aquí el Cardenal Sodano, que acompañó como Secretario al Cardenal  Casaroli a Berlín, anota que el Cardenal Bensch, Obispo entonces de Berlín, temía que pudiera haber alguna cesión frente a un gobierno arrogante y despótico, como era el de la República  Democrática Alemana, en esa época bajo un régimen comunista-marxista.

El quinto discurso se titula “La levadura del Evangelio en la cultura de los pueblos”, y fue pronunciado en Venecia en el año 2004, con ocasión de la inauguración del “Studium Generale Marcianum”. Aquí el autor recuerda  la conocida frase de la antiquísima “Carta a Diogneto”: “lo que es el alma para el cuerpo, esos son los cristianos para el mundo”. Resalta la enseñanza del Concilio Vaticano II que postula “una presencia pública, constante y universal del pensamiento cristiano en todo esfuerzo  dedicado a promover la educación superior”: un cristiano jamás debería poner entre paréntesis su fe a la hora de tomar posición ante decisiones que comprometen la moral y los intereses de la verdadera dignidad de cada persona humana.

El sexto texto es un discurso pronunciado en la reunión de Jefes de Estado y de Gobierno convocada por las Naciones Unidas en septiembre del año 2000 y lleva el título : “Por una civilización del amor”.  Este breve texto delinea sintéticamente las responsabilidades y tareas  de ese organismo internacional. Y que son la mantención y promoción de la paz en el mundo, la promoción del desarrollo, la promoción de los derechos humanos  y la garantía de la igualdad entre todos los miembros de las Naciones Unidas.  Insiste el autor en la obligación de ayudar a las naciones más pobres , así como en reconocer que la base de los derechos humanos no es una concesión de los Estados, sino el reconocimiento de su origen en el derecho natural y en la dignidad de la persona humana.

El séptimo discurso, también en una cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, realizada en Río de Janeiro en 1992, se titula “Ambiente y desarrollo en la visión cristiana”. Es también un texto breve y vuelve a insistir en el deber de solidaridad de las naciones desarrolladas para con los países pobres o en vías de desarrollo.  Toca también el tema del respeto del medio ambiente sobre la base de que los hombres no somos dueños absolutos, sino administradores del patrimonio común del planeta.

El octavo capítulo corresponde a un discurso pronunciado en la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno organizada por las Naciones Unidas y celebrada en Copenhagen en l995.  La temática es el concepto cristiano del desarrollo, la solidaridad internacional y el imprescindible papel de las familias fundadas en el matrimonio que el autor califica de “patrimonio originario de la humanidad”. La centralidad de la persona humana y el papel de la mujer en la sociedad fueron también temas de esta intervención.

El noveno discurso, pronunciado en la cumbre Internacional de la F.A.O. sobre la alimentación, celebrada en Roma en 1996, lleva por título  “Fiat panis; un pan para todos”.  Es un texto muy breve y en él el autor delinea los principios que deben guiar las políticas de alimentación: el respeto a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios; la solidaridad como un deber moral insoslayable; la destinación de los bienes de la tierra a la satisfacción de las necesidades de todos los hombres y la promoción de la paz.

El décimo capítulo es un discurso pronunciado en la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de los 54 países miembros de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, celebrada en Istambul en 1999. El título es “La ley natural, gramática común para todos los pueblos”.  También este es un texto brevísimo y su contenido esencial es la afirmación de que no hay seguridad estable sin que tenga bases morales y, en primer lugar, el reconocimiento de una ley natural que regula las relaciones entre los hombres y que es anterior a toda ley positiva de cada Estado. Si no hay una verdad que guíe la acción política, está “ad portas” el peligro de instrumentalización para satisfacer espurias ambiciones de poder.  El autor ve la ley natural como “gramática común” para todos los responsables políticos y condición “sine qua non” para que el diálogo internacional sea fecundo y eficaz.  En el ámbito del derecho natural se inscribe “naturalmente” el reconocimiento  de la libertad religiosa.

También el undécimo discurso tuvo como escenario una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de los Países miembros del Consejo de Europa, celebrada en Viena en 1993.  El título es “Una alma para Europa”. Es también un texto breve del que destaco algunas ideas-guía.  Una es que personas y pueblos no sólo tienen derechos sino también deberes. Ignorar o desequilibrar este binomio es introducir graves peligros para la convivencia.  El autor recuerda que el amor a la patria es sagrado, pero que puede desvirtuarse si se cae en un nacionalismo exacerbado que llega a ser inhumano y anticristiano.  La reconciliación entre los pueblos presupone la capacidad  de “tener el coraje de hacer verdad sobre sí mismo y sobre su propio pasado, así como de reconocer sus propias responsabilidades y sus propias culpas hacia otros pueblos”.  ¡Difícil tarea  que no se puede realizar sino al precio de renunciar a la soberbia y de “tratar a los demás como deseamos  que los demás nos traten a nosotros” ( ver Mt. 7, 12 )!

El duodécimo texto es un discurso  dirigido a los Obispos presentes en Mariazell, con ocasión de la celebración del “Katholikentag” para Europa Central, celebrado el año 2004.  Se trata, pues, de un ámbito intraeclesial, y el título es,  “Una esperanza para Europa”.  El autor enumera los numerosos viajes pastorales  realizados por el Santo Padre para visitar, a veces en varias ocasiones, a los diversos países de Europa.  No esconde su preocupación por “el laicismo que trata de ocultar la presencia de los valores religiosos y especialmente de los valores cristianos en la vida pública”.  Pareciera como si los creyentes debiéramos silenciar nuestras convicciones para no molestar a quienes no creen, o profesan confesiones distintas a las nuestras.  No podemos ocultar nuestra sorpresa ante ciertas posturas que cuando son minoría reclaman celosamente su derecho a la libertad religiosa, pero cuando son mayoría, los desconocen a quienes no comparten su fe.  La situación de la Iglesia Católica y de las otras comunidades cristianas es difícil  en el momento actual en Europa. La secularización, el relativismo y las diversas formas  de corrupción, así como el desquiciamiento de las familias, consecuencia, al menos parcialmente, de la institucionalización del divorcio, crean para los Pastores unas situación nueva  que hay que afrontar con una nueva evangelización, vigorosa y sin transacciones.

La lectura De estos escritos del Eminentísimo Cardenal Sodano es sin duda provechosa bajo muchos aspectos.  Alguno echará de menos los acentos rudos y tajantes de San Juan Bautista (ver Mt. 3, 7 – 12 ), pero quien sienta así debería tener presente el estilo acomodado a las circunstancias que usó San Pablo tanto ante el Procurador Felix (ver Hech. 24, 10 – 26 ), como ante el rey Agripa  (ver Hech. 25, 13 a 26, 32 ).  Estos discursos son una especie de retrato del ministerio sacerdotal y pastoral de un diplomático de la Santa Sede, al servicio de la Iglesia y de las responsabilidades universales del Obispo de Roma.  Un servicio leal, coherente, laborioso, sereno y paciente.  Y por eso lo felicitamos y lo acompañamos a dar gracias a Dios por lo que, con la ayuda de la gracia, ha podido realizar.

Santiago, 28 de septiembre de 2007

J.A. Cardenal Medina E.

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