Subir

Profesor Julius Kakarieka Silius: UGM le otorga el grado de Doctor Honoris Causa

En una solemne y muy emotiva ceremonia, presidida por la Rectora de la Universidad, señora Alicia Romo Román, tuvo lugar la investidura, con el grado de Doctor Honoris Causa, al profesor don Julius Kakarieka Silius.
Estaban presentes las mas altas autoridades de la Universidad, Decanos, Directores de Carreras, familiares y amigos del homenajeado.

En primer lugar se dio lectura al Decreto de Grados Honoríficos dónde la Universidad explica las razones por las cuáles se otorga este Grado Académico a don Julius Kakarieka Silius:”Que, el Señor Julius Kakarieka Silius, Profesor de Filosofía de la Historia, Formación de Occidente e Historia Política y de las Ideas, ha desarrollado una labor extraordinaria de docencia en la Universidad y ha trabajado con éxito en la Investigación de la Historia Antigua y Medieval, aportando con su esfuerzo y sabiduría una contribución de gran valor a la formación de numerosas generaciones de jóvenes. Esta labor desarrollada en diversas universidades y, por muchos años, en la Universidad Gabriela Mistral, así como sus múltiples publicaciones sobre Historia y Filosofía son el testimonio de su claro, sólido y valioso pensamiento.
Leído el Decreto el profesor de la UGM. Don Julio Retamal hizo la “Laudatio” del homenajeado. Ante todo dijo estar muy honrado de presentarlo y de lo merecido del premio a “este gran hombre”.Hizo una breve biografía de su vida mencionó lo difícil y angustioso de los años vividos por don Julius al tener que abandonar su tierra natal, Lituania en 1944 dejando atrás su familia y su Patria.:”Vivió en precariedad y pobreza en Alemania”.
Luego destacó su llegada a Chile en 1948 y la extraordinaria y brillante carrera que hizo aquí. Tuvo palabras de elogio para el país de origen del homenajeado, el que visitó unos años atrás.
Terminada la “Laudatio”, el profesor Kakarieka fue invitado a subir al estrado y firmar el Libro de Grados de la Universidad. Hecho esto la Rectora procedió a su investidura.
El nuevo Doctor agradeció a la Rectora, a la Universidad Gabriela Mistral por esta investidura que, dijo, “merecen tantos antes que yo pero que acepto orgulloso y feliz”. Luego agradeció al Profesor Retamal por la presentación hecha de su persona, pero especialmente:”por las elogiosas palabras sobre mi Patria”, fue en ese momento que el Profesor Kakarieka, profundamente emocionado interrumpió brevemente su discurso y se quedó uno breves minutos en silencio emocionando también a todos los presentes.
Ya mas sereno anunció que iba a hablar sobre la Historia y la Memoria y mirando a sus alumnos aclaró ante sus sonrisas que era un tema que había tratado en clase con ellos. Historia y Memoria, continuó son dos palabras profundamente unidas, son una sola. Toda la vida está almacenada en la Memoria, todo lo que el Olvido no ha borrado, porque, el Olvido sepulta nuestros recuerdos y conocimientos. En la Memoria hay un encuentro con uno mismo, en la Memoria está la identidad personal y gracias a ella sabemos quiénes somos. Cita a San Agustín:”La Memoria es parte integrante de la naturaleza de la persona” y por eso, continúa, la pérdida de ella es tan trágica para el hombre. La amnesia convierte al hombre en un vegetal. Con su ayuda podemos proyectar nuestro futuro. Para hacer cualquier pronóstico al futuro debemos apoyarnos en el pasado. El ahora es el pasado y el futuro. El hombre no puede imaginar nada sin sus recuerdos. Más adelante dice que la Historia es la Memoria Colectiva. La Historia con sus contribuciones debe tener siempre presente que debe salvaguardar nuestra identidad. En esta parte de su discurso se explaya y hace referencia a la objetividad que debe tener la Historia. El Historiador, dice, debe superar todas las dificultades en su búsqueda de la Verdad porque si se quita la Verdad a la Historia solo queda una narración vacía.
Terminado el discurso de don Julius Kakarieka y a punto de finalizar la ceremonia, se levantó una persona del público se presentó como el cónsul de Lituania en Chile y pidió permiso a la Rectora para leer una carta del Gobierno de Lituania felicitando a don Julios por su investidura de Doctor. Fue un momento muy emotivo tanto para el homenajeado como para el público asistente que aplaudió calurosamente.

El homenajeado, Profesor Julius Kakarieka Silius

La Rectora de la Universidad Gabriela Mistral, Señora Alicia Romo Román y Don Julius Kakarieka Silius.

Santiago Lorenzo Schiaffino, Director de la Carrera de Historia, Estanislao Galofré Terrsa, Virrector de Administración y Finanzas, Alicia Romo Román, Rectora, Julius Kakarieka Silius, Ricardo Riesco Jaramillo, Vicerrector Académico y Julio Retamal Favereau, Profesor UGM quién hizo la “Laudatio” de don Julius.

Momento en que la Rectora procede a la investidura del Profesor Kakarieka como Doctor Honoris Causa.

Fernando Moreno Valencia, Director del Instituto de Filosofía, saluda a la Rectora y al Doctor Julius Kakarieka.

Las hijas de don Julius, Aldora y Elena Kakarieka felices junto a su padre.

El Cónsul de Lituania en Chile, Felizardo Figueroa junto a don Julius.

Los nietos Jorge, Felipe y Carlos Fuenzalida y Pablo Koch, orgullosos junto a su abuelo.

El Director de la carrera de Ciencia Política de la UGM, Rodrigo Ahumada Durán saluda a don Julius


Homenaje a Julius Kakarieka Silius

Me ha correspondido el honor de decir unas palabras, a nombre de la Universidad, en el momento en que esta Corporación ha decidido premiar la labor académica de uno de sus miembros distinguidos.

Como muchos saben, el Profesor Kakarieka proviene de tierras muy distantes. En efecto, nació en Lituania, en la localidad de Dievéniskes. La nación lituana, una de las últimas naciones bálticas, surgió a fines del siglo XIII y comienzos del XIV, como un Gran Ducado. Lo lógico hubiera sido que asumiera la forma de un reino, como todos sus vecinos, pero, al parecer, los reyes de Polonia se opusieron a este hecho.

Así y todo, los lituanos pronto demostraron un gran espíritu emprendedor y un valor extraordinario y comenzaron a extenderse por la Europa oriental. La dinastía de los Jagellones, precisamente de origen lituano, terminó uniéndose a Polonia y conquistando todos los territorios que actualmente comprenden tales países, además de los que hoy se llaman Bielorrusia y Ucrania. Durante el siglo XVI, la dupla lituanopolaca alcanzó su máximo esplendor y su territorio comprendía tierras que iban desde el mar Báltico hasta el Mar Negro. Más tarde, Lituania fue ocupada por Rusia, durante los sucesivos repartos que en el siglo XVIII se hicieron de Polonia y países adyacentes.

Después de la Primera Guerra Mundial, Lituania recuperó su plena soberanía, si bien durante la Segunda Guerra Mundial volvió a ser invadida, primero por la Rusia Soviética y luego por por la Alemania de Hitler. Esta fue derrotada, en 1944-45 por la Unión Soviética, como sabemos, y esta última ocupó nuevamente el territorio lituano, y contribuyó a crear la República Socialista Soviética de Lituania, hasta la década de 1990, cuando finalmente el país volvió a figurar entre las naciones libres y democráticas de Europa. Ultimamente, Lituania ingresó a la Comunidad Europea.

Tuve la suerte de visitar, en septiembre del año 2001 la parte central del país, básicamente la capital, Vilnius y la ciudad antigua de los Grandes Duques, Trakai. donde se conservan edificaciones de la época feudal. Me llamó la atención la simpatía de sus habitantes y la vida cultural que se desarrollaba en la capital. Me tocó oir la ópera Aida completa, en forma de recital, pero con orquesta, coros y solistas en una gran plaza al aire libre, en un día de semana cualquiera y con ingreso enteramente gratis.

Volviendo al profesor Kakarieka, vale la pena destacar algunos rasgos de su vida. Comenzó sus estudios superiores en la Universidad de Vilnius, fundada en 1579. De allí hubo de huir a Alemania, frente a la invasión soviética de l944, dejando atrás su familia y su patria. Instalado en Alemania, continuó sus estudios en la Universidad de Tubinga durante los años de 1945 y 1948. Es difícil imaginarse la precariedad, la pobreza y la dificultad de sobrevivir en la Alemania post Hitler, ocupada por las 4 potencias vencedoras de la guerra y llena de millones de refugiados, procedentes de la Europa oriental. Nuestro homenajeado guarda algunos recuerdos interesantes de tan angustioso e inestable período de su vida.

Finalmente, en 1948, gracias a su pertenencia a la Acción Católica, cuya faz internacional era Pax Romana, logró emprender el largo viaje a nuestro país, donde ha permanecido hasta hoy. Concluyó sus accidentados estudios en la Universidad de Chile, entre 1949 y 1950, obteniendo el grado académico de Licenciado en Filosofía con mención en Historia, de dicha Universidad. Poco tiempo después iniciaba la docencia superior como Ayudante del Profesor Don Juan Gómez Millas, gran humanista, futuro Rector de la Universidad de Chile y Ministro de Educación.

Desde entonces hasta ahora no cesado en su tarea docente, completando 55 años como profesor universitario en diversas instituciones de educación superior. En lo que respecta a la Universidad Gabriela Mistral, el profesor Kakarieka ha cumplido 15 años de docencia ininterrumpida. Antes de eso sin embargo, se desempeñó como docente en la Universidad de Chile, donde llegó a ser titular de Historia Medieval en 1982; en la Pontificia U. Católica de Chile, donde obtuvo el título de Profesor Titular de la misma cátedra en 1980, y en la Universidad de Concepción donde enseñó entre 1958 y 1970. También ejerció la docencia en la Universidad del Nordeste de Argentina, con sede en la ciudad de Resistencia, entre 1971 y 1973.

Al finalizar ese período y habiéndose producido en Chile el Pronunciamiento militar, Julius Kakarieka, de quien el que habla había sido alumno en una curso sobre la Constitución política de Atenas, muchos años antes, me escribió una carta para ver la posibilidad de volver a Chile. Inmediatamente lo acepté entre los docentes del Instituto de Historia de la U. Católica, institución de la cual era yo director a la sazón. Paralelamente, tuve el agrado de recontratar al profesor Ricardo Krebs, quien había pasado tres años en Alemania y volvía a la patria.

Por otra parte, el profesor Kakarieka ha participado también en la administración universitaria, habiendo sido Director del Instituto Central de Historia y Geografía y miembro del Consejo Superior en la Universidad de Concepción, en 1968. Conviene recordar en este punto, que en esa época surgieron las revueltas estudiantiles en las universidades chilenas y, precisamente en Concepción, se formó el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR). Sin duda, fueron tiempos interesantes pero muy agitados y bastante angustiosos para quienes éramos docentes en la época, ya que nos sentíamos imnpotentes y sobrepasados por los acontecimientos, de carácter cada vez más violento al interior de las Universidades chilenas. En años menos conflictivos, entre 1979 y 1984, fue Director del Depto. de Ciencias Históricas, de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile, así como coordinador del programa de Postgrado en Historia en la misma Universidad. Allí reasumió sus clases de la llamada Historia Medieval.

La carrera del Profesor Kakarieka ha comprendido también docencia de postgrado en la Academia de Guerra del Ejército, una infinidad de charlas sobre temas de historia, filosofía política y cultura occidental. Hay que mencionar también la obtención de una beca del Servicio de intercambio académico de Alemania, que le permitió seguir cursos de perfeccionamiento en Bonn entre 1962 y 63.

Como parte de su labor académica Julius Kakarieka ha publicado libros y artículos sobre pensamiento histórico. Merecen destacarse: “El fin del mundo antiguo. Testimonios de contemporáneos” de Editorial Universitaria, 1978, así como “Ideas de San Agustín en torno al oficio militar” que esta Universidad le publicara en 1999. Además hay varios ensayos y artículos en Revistas especializadas como “Anales” de la Universidad de Chile, “Atenea” de la Universidad de Concepción, “Finis Terrae” de la P. Universidad Católica, “Cuadernos de Historia” de la misma U. de Chile y otras. Ha participado también Congresos, Jornadas y Simposios de diversas Casas de estudios superiores sobre temas de historia, como por ejemplo la que esta Universidad organizó en 2003, llamadas “II Jornadas de Historia Universal”.

Pasando a un plano más general, y a la vez más personal, Julius Kakarieka ha hecho gala de la excelente educación que pósee, viajando por Europa y por Tierra Santa, en diversas oportunidades. En 1991 logró volver, después de 47 años a su tierra natal, en donde no posee parientes directos pero sí familiares del rango de primos y sobrinos. A la vez, pudo cultivar en Chile la amistad de algunos de los más distinguidos historiadores nacionales, como Mario Góngora, Eugenio Pereira, Jaime Eyzaguirre y Ricardo Krebs. Parte importante de su docencia y su actitud vital ha sido la defensa de aquellos principios permanentes y fundantes de nuestra cultura, en momentos en que ellos son mayoritariamente olvidados por nuestros gobernantes y nuestros docentes. La disciplina académica y el rigor de sus análisis y sus escritos le ponen en el rango de maestro de su especialidad. Recuerdo largas conversaciones que tuvimos en torno a la supervivencia de la tradición tanto en la Iglesia Católica, de la cual siempre ha sido fiel defensor, como de la Universidad. En el primer caso, siempre ha estimado que, junto a las innovaciones litúrgicas derivadas del Concilio Vaticano II era necesario, por razones espirituales, intelectuales y formativas, mantener la Misa antigua como un rito paralelo, debido a su gran antigüedad y riqueza litúrgica y teológica. Afortunadamente, los dos últimos Papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI han ido progresivamente restaurando y asentando una vez más el venerable rito tradicional que remonta, en su parte esencial: Prefacio y Canon, al siglo IV, cuando la iglesia emergió de las catacumbas.

En las materias universitarias, Julius Kakarieka también se ha manifestado como partidario de perpetuar la tradición educadora más antigua, que, a través del humanismo y la escolástica, nos liga con el mundo romano y griego, remontando a una línea de cerca de 3.000 años de continuidad. También ha sido un elocuente partidario de la preservación del más alto nivel de exigencias, tanto para profesores como para alumnos en la educación superior. Las revoluciones y contrarrevoluciones que hemos debido soportar en los últimos 40 años no lograron erosionar o conmover la formación clásica y cristiana que el profesor Kakarieka siempre ha amado, mantenido y defendido en medio del torbellino de los últimos 40 años.

Es necesario mencionar también que, casado con la Sra. Gertrud Weisskopf, también profesora graduada en la Universidad de Chile, ha formado una familia destacada con 5 hijos y 12 nietos, que laboran en distintos países y preservan los mejores lazos entre sí. Esto es destacable en una época como la nuestra en que hasta el concepto de familia se disuelve ante nuestros ojos para dar paso a formas e instituciones que ya poco tienen que ver con nuestras raíces.

Estos testimonios, no siempre fáciles de defender y guardar, en los distintos planos de su vida constituyen las mejores razones para que la Universidad Gabriela Mistral le confiera su más alta distinción académica.

Muchas gracias
Dr Julio Retamal Favereau
D. Phil. Oxon. Profesor Titular

Memoria e Historia

Conferencia pronunciada por el Prof. Dr. Julius Kakarieka S., el 18 de octubre de 2006.

La memoria y la historia están estrechamente unidas. La memoria es, en el fondo, la matriz misma de la historia.  En ella, la historia encuentra su fundamento y justificación.

Abordaré el tema de la memoria, acudiendo al análisis del tiempo existencial que ofrece San Agustín (mi maestro predilecto) en los libros X y XI de sus “Confesiones”. Son páginas inolvidables que me permito citar en extenso.

Para Agustín, la memoria es como un depósito que contiene una infinita variedad de experiencias, ideas y conocimientos adquiridos en el pasado. “Recalo en los solares y en los amplios palacios de la memoria, donde están los tesoros de las incontables imágenes de toda clase de cosas que se han ido almacenando sobre los productos de nuestro pensamiento. Los hemos ido adquiriendo mediante ampliación, reducción o todo tipo de variación de aquello que ha caído bajo el radio de acción de los sentidos. También está en nuestra memoria en custodia y depósito todo cuanto no ha sido aún devorado y sepultado por el olvido” (X, 8, 12).

He aquí una amenaza permanente: el olvido. El olvido “devora” y “sepulta”, con el correr del tiempo, nuestros recuerdos, tanto los gratos como los dolorosos, y también nuestros conocimientos adquiridos, a veces, con gran esfuerzo.

A continuación, nos encontramos con una aserción de capital importancia: es en la memoria donde se manifiesta la identidad de la persona. “Allí me encuentro yo conmigo mismo y me acuerdo de mí mismo, de lo que he hecho, del tiempo y lugar donde lo hice y de los sentimientos que tuve durante mi actuación. Allí están todas que yo recuerdo y que son fruto de mi experiencia personal o de referencias de otros” (X, 8, 14).
La memoria integra en una unidad toda clase de experiencias dispersas y asegura así la continuidad temporal de la persona . Gracias a la memoria, sabemos quiénes somos, porque nos acordamos de lo que hemos hecho y lo que hemos padecido. De este modo, sabemos cómo hemos llegado a la situación en que nos encontramos actualmente.

Para Agustín, la memoria es “una parte integrante de mi naturaleza” (X, 8, 15). “La facultad de mi memoria, dice en otro acápite, es algo grandioso. […] Algo de una complejidad profunda e infinita. Y esto es el espíritu. Y esto soy yo mismo” (X, 17, 26).

Esta es la razón por que la pérdida de la memoria es tan trágica para el hombre. Psicopatología conoce diversos grados de amnesia. Cuando es total, significa prácticamente la muerte de la persona; en otras palabras, la amnesia la convierte en un vegetal. Hay casos tan dramáticos, por ejemplo, en que una madre no es capaz de reconocer a sus propios hijos.

Hay otra función importante que nuestro autor asigna a la memoria: con su ayuda somos capaces de proyectar nuestro futuro. “De esta misma reserva (acumulada por la memoria) voy tomando personalmente y de manera continua las semejanzas de las cosas experimentadas por mí o creídas por analogía con las experimentadas. Después de confrontarlas y cotejarlas con las pasadas, deduzco de ellas acciones futuras, acontecimientos o expectativas, y vuelvo a pensar en ellas como cosas presentes”, (X, 8, 1).

Para hacer cualquier pronóstico del futuro, tenemos que apoyarnos en el pasado. De las experiencias vividas en el pasado nacen nuestras esperanzas y nuestros temores. En nuestro presente se juntan continuamente los recuerdos del pasado y la expectación del futuro. Ésta es la trama del tiempo existencial.

Para precisar más la estructura temporal del ser humano, podríamos citar el siguiente resumen que ofrece Bernard Delfgaauw (“La historia como progreso”): “En el ahora estamos constantemente dirigidos a lo venidero; este estar – orientado – a es la imaginación. Al mismo tiempo vivo constantemente en el ahora desde lo pasado; esto es vivir – desde – el – recuerdo. Por consiguiente, el ahora es la unidad de mi ser – actual en el mundo, mi imaginación de lo futuro y mi recuerdo de lo pasado. […] Imaginación corre pareja constantemente con recuerdo. No puedo imaginar nada que sea completamente ajeno a mi recuerdo” (t. II, p. 31 – 32).

Sobre este trasfondo filosófico enfocaremos el tema de la historia. Hay historia que los hombres hacen y la historia que los historiadores escriben. Esta última será objeto de nuestras consideraciones.

En términos generales, podríamos afirmar que la historia no es otra cosa que la memoria colectiva. La historia, por supuesto, es más vasta que la memoria: no sólo puede extender la memoria más allá de cualquier recuerdo efectivo, remontándose a un pasado muy lejano, sino también puede ampliar, corregir e incluso refutar ciertos testimonios dejados por el pasado, porque en muchos casos dispone de un caudal de información mucho mayor, proveniente de una variedad de documentos o hallazgos arqueológicos. Además, la historia cuenta con metodologías elaboradas durante largos años por distintas Escuelas históricas. Puede valerse también de la ayuda de una serie de ciencias auxiliares. De esta manera, puede detectar distorsiones o falsedades, al aplicar todo el rigor metodológico.

Otra ventaja de la historia es tener una perspectiva hacia el pasado. De este modo, el historiador está en condiciones de evaluar todas las consecuencias que han tenido los acontecimientos estudiados. La debilidad de las Historias contemporáneas consiste justamente en carecer de esa perspectiva. Las fuerzas motrices o los mitos que están detrás de los movimientos de masas, muchas veces siguen vivos y operantes durante largo tiempo, y pueden producir efectos totalmente impredecibles.

Lo que tenemos que subrayar es que la historia con sus contribuciones, aunque parciales y limitadas, debe cumplir las mismas funciones básicas que San Agustín asignaba a la memoria individual. Esto significa que debe ser salvaguarda de nuestra identidad colectiva, sea ésta de carácter nacional, religioso o cultural; y también servirnos de guía en los avatares del mundo actual, guía necesaria para poder proyectar nuestras tareas futuras.

Para que la historia cumpla estas funciones que son de vital importancia para la sociedad, es necesario que sea absolutamente verídica, que ofrezca el mayor grado posible de objetividad. La verdad ha sido, desde los albores mismos de la historiografía, la norma suprema en la labor del historiador.

He aquí algunos ejemplos del Mundo Antiguo:
Heródoto (siglo V a.C.), el llamado Padre de la historia, dice expresamente: “En este punto me veo necesariamente obligado a manifestar una opinión que será mal acogida por la mayoría de la gente; pero, pese a ello, como, de hecho, me parece que es verdadera, no voy a soslayarla” (“Historia”, VII, 139).

El oficio del historiador obliga, muchas veces, a mostrar coraje.

Tucídides (fines del siglo V a.C.) que tuvo el mérito de perfeccionar el método histórico imponiéndole un gran rigor, declara: “En cuanto a los acontecimientos que tuvieron lugar en la guerra, no creí oportuno escribirlos enterándome por cualquiera ni guiándome por mi opinión, sino que relaté cosas en las que yo estuve presente o sobre las que interrogué a los otros con toda la exactitud posible. La verdad fue hallada con trabajo, porque los testigos de cada suceso no decían lo mismo acerca de las mismas cosas, sino de acuerdo con las simpatías o la memoria de cada uno” (“Historia”, I, 22). Como podemos apreciar, el historiador está consciente de las múltiples dificultades que tiene que superar para poder descubrir la verdad.

Polibio (siglo II a. C.), uno de los grandes de la historiografía antigua, define en los siguientes términos el deber ético del historiador: “Es justo que el hombre bueno ame a sus amigos y a su patria, y se junte con los amigos para odiar a los enemigos y amar a los amigos, pero cuando uno asume la tarea del historiador hay que olvidar todo eso y, a menudo, hablar bien y decorar con los mejores elogios a los enemigos, cuando los acontecimientos lo requieren, y se debe censurar acerbamente a los más íntimos amigos cuando esto se hace necesario por los errores de su conducta” (“Historia”, I, 14).

Para Polibio, como pudimos ver, la verdad está por encima de cualquier consideración ética, como la amistad o el patriotismo. ¿Cuál es la utilidad de la historia cuando se prescinde de estos requisitos? El mismo autor lo contesta acto seguido: “Así como una criatura viva cuando pierde la vista se convierte en un ser inútil, de igual manera, si se quita de la historia la verdad no queda nada de ella otra cosa que una narración vacía” (Íbid).
Hoy día, podría ser aprovechado como panfleto político.

En el mismo sentido ético debemos interpretar las palabras de Leopoldo von Ranke, en pleno siglo XIX, cuando dice: “La ciencia y la exposición histórica son una misión que sólo puede compararse con la del sacerdote, por muy terrenales que sean los temas sobre que versa” (De una carta a su hijo Otto, en: “Pueblos y Estados”, Apéndice, p. 55). La verdad que debe buscar el historiador, según Ranke, es algo sagrado, comparado con las verdades eternas que debe predicar un sacerdote.

El joven Ranke estaba propugnando una objetividad ideal, en que el historiador extinguiera su propio “yo”, convirtiéndose “simplemente en órgano del objeto”, es decir, de la realidad histórica. Sin embargo, la larga experiencia le enseñó que esto no es posible, debido, según sus propias palabras, “a las limitaciones naturales o fortuitas de la existencia humana” (De una carta al rey Maximiliano II de Baviera, Íbid., p. 523).

El problema de la objetividad en la historia es demasiado complejo para poder abordarlo en esta oportunidad. Nos bastaría con afirmar que sólo puede haber una aproximación, mayor o menor, a la verdad total. Todo depende, en definitiva, de la postura moral del historiador. Lo esencial es que él, en su fuero interno, esté convencido de que dice la verdad, porque convencer a otros es mucho más fácil, en especial, si se emplea alguna figura retórica.

Lamentablemente, siempre ha habido historiadores que se dejaban arrastrar más de la cuenta por sus prejuicios o pasiones partidistas. En opinión de Julien Benda, ellos “no son historiadores: son políticos que se valen de la historia para robustecer una causa cuyo triunfo anhelan”, (La traición de los intelectuales”, p. 73). Pero ha habido otros que tenían que soportar el peso de los regímenes despóticos o totalitarios. A éstos nos les quedaba otra opción que someterse a la norma que se imponía desde arriba.

Es muy instructiva al respecto una nota que, en 1808, envió Napoleón a su Ministro de Policía, ordenándole que vigilara a los historiadores encargados de escribir la Historia de Francia. He aquí algunas normas que establecía el Emperador para el trabajo de los historiadores franceses: “Se debe ser justo con Enrique IV, Luis XIII, Luis XIV y Luis XV, pero sin caer en la adulación. Se deben pintar las masacres de septiembre y los horrores de la Revolución con el mismo pincel usado para la Inquisición y las masacres de los Dieciséis. Pero hay que tener cuidado de evitar toda reacción al hablar de la Revolución, y ningún hombre debe oponerse a ella. La culpa no recae sobre los que perecieron ni sobre los que sobrevivieron. No había fuerza individual capaz de cambiar los elementos y de impedir los sucesos que nacieron de la naturaleza de las cosas y de las circunstancias” (Íbid., p. 206).

La Revolución, según las órdenes impartidas por Napoleón, debía ser presentada, a pesar de ciertos episodios censurables, como algo necesario e inevitable.

Hasta qué extremos se puede llegar con esta injerencia del poder político, lo hemos visto claramente en los regímenes totalitarios del siglo XX.

Hans Freyer, el insigne historiador y sociólogo alemán, en su denuncia de los abusos del totalitarismo, destaca en forma especial “la usurpación de algunos hechos y figuras escogidas de la historia”, tal como lo hacían los bolcheviques invocando a Pedro el Grande y a Iván el Terrible, a fin de legitimarse históricamente, (los nacionalsocialistas alemanes hacían lo mismo con las figuras de Federico el Grande y Bismarck). “Naturalmente, dice el autor, en todo esto las figuras históricas resultan completamente desnaturalizadas. Inclusive pierden el suelo que las soporta. Como árboles de Navidad, son arrancadas de su bosque, adornadas y expuestas en el mercado. Se convierten en protagonistas y cómplices del presente, con una honda dimensión teatral. Pues la historia es tan indulgente” (“Teoría de la época actual, pp. 190 – 191).

Hoy día, somos testigos de un uso similar que se está haciendo con la figura de Simón Bolívar (“la Revolución bolivariana”).

Hay otro tipo de amenaza en el mundo actual y que consiste según la certera observación de Paul Ricoeur en la “manipulación concertada de la memoria y del olvido por quienes tienen el poder” (“La memoria, la historia, el olvido”, p. 110). Ciertos hechos son repetidos hasta la saciedad y otros, en cambio, completamente silenciados. Así se produce una distorsión de la verdadera imagen. El filósofo francés habla de una “memoria impuesta”: “De este modo se hace posible vincular los abusos expresos de la memoria a los efectos de la distorsión propios del fenómeno de la ideología. En este plano aparente la memoria impuesta está equipada por una ‘historia autorizada’, la historia oficial, la historia aprendida y celebrada públicamente” (Íbid.¸p. 117).

En principio, según advierte Hans Freyer, aún se podría dar otro paso: “borrar del todo la historia” (Op. cit., p. 193).

Éste es el caso que se presenta en la novela de George Orwell “Año 1984”. En el Estado futuro, tal como está representado allí, todas las fuentes históricas y hasta los diarios se vuelven a escribir de nuevo en una gigantesca oficina denominada “Ministerio de la Verdad”. Se vuelven a escribir de tal manera que nada digan que no se ajuste a “la verdad oficial”. El pasado aquí no ha de tener poder alguno, no ha de imponer ningún obstáculo a la omnímoda voluntad de los poderes del sistema.

Hasta este punto todavía no hemos llegado.
La desorientación y el desarraigo espiritual que presenciamos en nuestros días, se deben en gran medida a la carencia de una adecuada formación histórica. “Los pueblos que ignoran la historia, decía Cicerón, son como niños”. A los niños se puede engañar y seducir con cualquier clase de espejismo. De ahí la proliferación de tantos movimientos anarquistas y nihilistas que observamos en la sociedad actual. Todos se caracterizan por su desprecio de las normas y los valores tradicionales y revelan al mismo tiempo, una increíble ceguera ante el derrumbe, todavía tan reciente, de los sistemas utópicos, con sus hecatombes de víctimas humanas, como si quisieran repetirlos nuevamente.

Share Button