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Segundo Domingo de Adviento

Segunda Adviento

I. PALABRA DE DIOS

1RA LECTURA: Is 11, 1-10
SALMO: Sal 71, 2.7-8.12-13.17
2DA LECTURA: Rom 15, 4-9
EVANGELIO: Mt 3, 1-12

II. REFLEXIÓN

Adviento es un tiempo en el que la Iglesia nos invita a una mayor conversión. A través de aquel que es la “voz que clama en el desierto” nos urge a preparar el camino del Señor, enderezar las sendas y permitir así que Él venga y permanezca en nosotros. ¿Cuántas veces nos quejamos porque “no sentimos la presencia del Señor”? Lo experimentamos tan lejano, distante, ausente, que llegamos a dudar de su cercanía, de su preocupación y amor por nosotros, o de su existencia incluso. ¿Dónde está Dios?
El Señor no está lejos, Él se ha hecho uno como nosotros y ha habitado en nuestro suelo.
Él viene cada día a nosotros en su Iglesia, en los sacramentos.
Él nos ha dicho: «yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).
No es Dios quien está lejos, sino que somos nosotros quienes no le abrimos el corazón, quienes huimos de su presencia y lo mantenemos a distancia.
No es el Señor quien no nos escucha o no nos habla, somos nosotros quienes no escuchamos al Señor cuando nos habla, quienes somos sordos a sus constantes llamadas, ciegos e insensibles a las continuas manifestaciones de su amor para con nosotros. Él no deja de estar allí, tocando y tocando insistentemente a la puerta de tu corazón para que le abras, para poder entrar en tu casa y permanecer contigo (ver Ap 3, 20). En este tiempo de Adviento, preparemosnos para la venida del Señor preguntándonos
humildemente: ¿Qué obstáculo le pongo yo en el camino? ¿A qué vicio me aferro? Una vez descubierto el obstáculo, que haré para quitarlo de en medio?. Si implorando diariamente la gracia del Señor te esfuerzas en purificar tu corazón y te esfuerzas en amar más al Señor que a tu propio pecado, ten la certeza de que el Señor no tardará en visitar tu humilde morada con su amorosa presencia: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

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