Subir

Tercer Domingo de Adviento: “Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense! El Señor está cerca”

Diapositiva1

En el tercer Domingo de Adviento la Iglesia, tomando las palabras del Apóstol Pablo, nos invita a llenarnos de gozo: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres… El Señor está cerca» (Flp 4, 4-5). ¿No es propia la alegría en el corazón de aquellos que experimentan esa cercanía y presencia del Señor?

A un cristiano que por lo común anda triste o incluso amargado, le falta Cristo. La tristeza esta presente, porque el Señor está ausente de su vida. Sin Cristo su vida se va consumiendo y marchitando poco a poco (ver Jn 15, 4-5) hasta que la tristeza, el vacío, la desolación e incluso la desesperanza se apoderan de su corazón. En cambio, la presencia del Señor Jesús en el corazón humano es siempre fuente de vida, de reconciliación, de paz, de amor auténtico y en consecuencia de una alegría profunda, serena, desbordante. En efecto, la alegría que los creyentes estamos llamados a experimentar, la alegría de saber que el Señor está cerca, de tenerlo con nosotros y en nosotros, es una alegría que no se puede contener, una alegría que por sí misma se difunde e irradia a los demás.

Y aunque el cristiano en algunos momentos experimente también la natural tristeza por los problemas, las pruebas o sufrimientos que forman parte de esta vida, la confianza en el Señor, la serena alegría de saber que está cumpliendo el Plan de Dios y la paz interior no lo abandonan (ver 2 Cor 7, 4).

Muchos se impresionan profundamente ante tanta alegría que una persona o una comunidad de creyentes irradia y se cuestionan profundamente al no encontrar en otro lado una alegría tan auténtica y profunda. Al toparse con esta alegría se plantean: “¡yo también quiero esa alegría para mí!”. El encuentro con un cristiano que irradia la alegría que encuentra en el Señor es no pocas veces el inicio de una conversión, pues es una alegría que cuestiona a quienes en el mundo buscan tanto y no hallan esa verdadera alegría que colme sus anhelos más profundos. ¡Sí! ¡La alegría cristiana es la manera más convincente de atraer a otros al encuentro con el Señor, es el anuncio más eficaz de la Buena Nueva que el Señor Jesús nos ha traído!
Consciente de esta verdad, procura mostrarte siempre alegre (ver 1 Tes 5, 16, 2 Cor 6, 10). Cuanto hagas, hazlo por el Señor y por amor a Él (ver Col 3, 23), hazlo con alegría y no con disgusto, ni a regañadientes, quejándote y murmurando de todo. ¡Aparta todo eso de ti! A veces tendrás que hacerte un poco de paciencia, porque no estás con el mejor de los ánimos. Pero si haces ese esfuerzo y se lo pides al Señor, tu disposición interior irá cambiando y verás que incluso lo que te molesta e impacienta, lo que se te hace pesado, se te hará más ligero y llevadero. Así, pues, el empeño será doble, tanto externo como interno: mientras procuro estar y mostrarme siempre alegre he de procurar también que el Señor esté en mí para que esa alegría brote de mi corazón con naturalidad. Para ello una vida espiritual intensa, por la que aspiramos a estar en continua presencia de Dios, se hace necesaria para quien de verdad quiere experimentar e irradiar ininterrumpidamente la alegría y el gozo de tener al Señor muy dentro y presente en su vida.

Share Button