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Un pedazo de la cultura de Corea del Sur, en el norte de Bogotá

La cita para ver a Urian Kim es a las 10:40 a.m. en el sector de Puente Largo, en el norte de la ciudad. La dirección corresponde a una casa donde se reúnen algunos coreanos radicados en Bogotá y que sirve de iglesia. Son dos pisos con paredes de color beige, que no tiene un letrero que identifique lo que adentro funciona. Tampoco hay bulla que haga pensar que allá, durante el domingo, cantarán, orarán, cocinarán. “Nos gusta que sea discreto”, dice el Wui Dong Kim, el pastor del templo. No hay tumultos, ni restricciones para entrar. Y quien llegue a la puerta, debe unirse a la comunidad. No está permitido permanecer afuera, ni en la puerta. Si está allí es para participar en el culto y en el almuerzo que al final las mujeres ofrecen gratuitamente. Cerca de 50 personas asisten cada domingo.

Los coreanos son puntuales. El reloj marca las 10:40 a.m. y el pastor entra a un salón, equipado con sillas de madera, un atrio rodeado de flores y una cruz en la mitad. Algunos entran tomando té o café. Hay niños y bebés. Todos unidos en oración. La mayoría de los coreanos que residen en Colombia son cristianos. Los de este lugar, se autodenominan cristianos presbiterianos. Leen la Biblia y cantan bajo el nombre de Iglesia Unión de Corea. El domingo es un día especial para la comunidad coreana. De lunes a jueves, se encuentran de 6:00 a.m. a 6:30 a.m. para orar, pero los domingos se reúnen desde la mañana hasta después del mediodía.

El olor a comida, desde muy temprano, llama la atención. Desde antes de cruzar la puerta es fuerte. No es para menos, desde la mañana las mujeres alistan la comida. Alguna veces, más picante que otras. Esta vez el menú es una sopa: Yukgaejang, acompañada por montañas de arroz (sin sal) y queso tofu (hecho a base de soja). Mientras cocinan, en el salón contiguo oran. Lo hacen en coreano. Al principio del ritual una mujer toca el piano. Después entran dos jóvenes con guitarras eléctricas y una mujer que entona media hora de canciones para dar paso al sermón.

Las Biblias y los cancioneros, que están dispuestos en todas las sillas, son traídos desde Corea. Y están ahí para disposición de quien quiera. Nunca se ha perdido uno a pesar de que al lugar puede entrar quien quiera y las requisas no existen. Una mujer se sorprende cuando se le pregunta por la seguridad del lugar. “¿Vigilantes? Para qué, acá no hace falta”, dice. Y lo ratifica la presencia del embajador de Corea en Colombia, Choo Jong Youn, quien llega al lugar acompañado por su esposa y sin guardaespaldas. “Acá es muy seguro”, repite la mujer. Jong Youn llega como un coreano más. Se sienta en cualquier silla y participa activamente de la actividad.

El culto es tranquilo. Se escuchan pocas exclamaciones y las únicas palabras entendibles son ¡aleluya!, ¡amén! y ¡Jehová! Al terminar el sermón, que dura cerca de dos horas, el pastor cuenta, a quienes no entienden su idioma, que oraron por el perdón. Una cartilla que reparten a la entrada de la casa señala también que dentro de esa jornada de rezos hubo un momento especial de oración por los refugiados de Corea del Norte y la unificación de Corea. A la hora de desear la paz, no se dan la mano. No se tocan. Se inclinan unos a otros y sonríen. La inclinación es más marcada si se trata de una persona mayor. Es el momento cumbre del encuentro y la antesala al almuerzo, que comparten en una mesa grande, donde no importa quién es quién para la ubicación.

El ritual es sencillo. Hay una fila para coger el plato. Las sopas están en los platos y el queso y el arroz son servidos por las mujeres de acuerdo al gusto del invitado. “Mucho arroz”, dice la mayoría, que lo piden para calmar lo picante de la sopa. Hay palitos chinos, pero también tenedores y cuchillos porque aunque son mayoría, no todos son coreanos.

Para tomar, hay agua y café, pero ninguno de ellos se sirve la bebida con la comida a pesar de lo picante de la sopa que además es muy condimentada. Lleva cebolla, ají en polvo, pasta de ají, trozos de queso tofu, pimienta negra, tiras de ternera o de pollo y vegetales. Los coreanos dicen que esta sopa es ideal para la digestión porque no es grasosa. Lo clave, dicen los coreanos, es que se consuma caliente y siempre sea picante. La preparación debe hacerse a fuego lento y durante mucho tiempo. Tal vez por eso que los domingos esta casa huele a comida desde muy temprano.

Wui Dong Kim, el pastor, asegura que la idea además de orar, es compartir un espacio en donde se puede encontrar algo de la cultura de su país. Y la quieren compartir. Por eso, algunos que no profesan ninguna religión acuden allí para encontrar la comida que no hay en ningún restaurante y que tiene la sazón que solo podrían encontrar en su país. Los coreanos que allí se reúnen se dedican, en su mayoría, a la venta de ropa en el centro de Bogotá, ciudad donde se concentra el 83 por ciento de la población coreana de Colombia.

“También queremos compartir con personas que no hablen nuestro idioma”, dice Dong Win, quien anuncia que a partir del próximo mes contarán con un intérprete que hará la traducción simultánea en español. “La idea es compartir”, recalca. Urian Kim lo celebra. “Es bueno que muchos conozcan cómo somos”, dice, mientras ayuda a limpiar la cocina. Eso parece también ser parte de lo que les gusta a los coreanos. Dividirse las tareas y compartir. Acá nadie cobra por nada.

http://www.eltiempo.com/colombia/bogota/comunidad-de-corea-del-sur-en-bogota_13086958-4

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